Sergio Ribote

Entre las olas

Cuando mi padre se ponía en pie, ocultaba al sol, y allí donde la oscuridad dibujaba su sombra la temperatura bajaba varios grados.

 

Aquel día no había más niñas en la playa con las que jugar, y yo protestaba insistente mi soledad contra un eco que había dejado de contestar. Las olas susurraban mi nombre con caricias de espuma sobre la arena. No podía desoír  su llamada ni su promesa de juegos y diversión. Tan sólo ellas querían ser mis amigas.

 

Mis padres descansaban sentados al sol. Las olas sonaban con fuerza. Eran más altas que yo. No había llegado a tocar el agua cuando una ola más fuerte que las anteriores agarró mis pies y, al retirarse, me había dejado hundida en la arena hasta los tobillos. Me asusté y reculé a trompicones. Las olas volvían formando una espuma densa que cosquilleaba la piel, como si me bañase en Peta Zetas.

 

Mi madre me llamó, me volví, y sus ojos verdes me sonrieron. Aquí estoy, me decían. Me concentré en las olas. Todavía me asustaban un poco, pero el deseo es la vida, y la vida nacía en aquel mar. Me adentré hasta los tobillos. Por el rabillo del ojo vi a mi padre acercarse. Era tan grande y tan fuerte…

 

Sin saber de dónde vino, una mariposa pasó por delante de mis ojos. Vendría del bosque que había al final de la playa. Tenía las alas verdes y el cuerpo morado. Las alas brillaban, se desdibujaban y volvían en sí cambiando los tonos de verde. Se metió al mar, subiendo y bajando a la vez que las olas. Eché a correr detrás de ella y por un momento luché con las olas. En la cresta de una de ellas perdí de vista a la mariposa. La espuma me cubrió, pero debajo del agua conseguí volver a ver, arriba, unas alas brillantes. Levanté los brazos y la ola pasó. La mariposa seguía allí. Intenté cogerla pero se escapó. La siguiente ola nos atrapó a los dos. Me asusté, la mariposa no podría volar si se la mojaban las alas. Giramos. La espuma jugaba con mi piel, otro giro, la arena lo oscurecía todo y la sal me hacía llorar. Aun así encontré a la mariposa junto a mí. Dábamos vueltas con las olas, la cogí entre mis manos y me quedé dormida.

 

Cuando desperté vi a la mariposa. El sol me daba de lleno, y a contraluz distinguí cómo las alas dejaban de moverse poco a poco hasta detenerse. Cuando enfoqué bien la vista los ojos de mi madre me miraban. Estoy aquí seguían diciendo. Mi padre estaba asustado. Sabía que me había sacado del agua y esperaba verle empapado. Yo lo estaba, pero él sólo tenía mojados los brazos y las piernas hasta las rodillas.

 

A los cinco minutos nos fuimos a jugar a la orilla. Aquella vez hicimos los tres un castillo de arena. Creo recordar que tenía varias habitaciones.

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