Sergio Ribote

Cierra la puerta

 

No había nada más sensual. Apagaba la luz, me metía en la cama y al envolverme en las sábanas aparecía aquel olor. Sólo dos letras con relieve sobre una piel roja envolvían el frasco de aquel perfume: C H, pero dos gotas resbalando a lo largo del cuello y una en la parte interior de cada muñeca bastaban para que, cuando se metía en la cama, aquel perfume me abrazara. En esos momentos me encantaba acercarme a ella, meter mi pierna entre las suyas, abrazarla por la cintura y dejar mi cara apoyada en su hombro. Justo por donde se habían deslizado aquellas gotas mágicas.

 

Enseguida me di cuenta de que ese olor se extendía a la habitación. Los estores japoneses de la ventana se impregnaban del perfume al igual que los cojines bordados con flores rojas, el piecero tostado a juego con la pared y la funda cruda del nórdico. Todo olía a ella. Ventilaba la habitación al hacer la cama, pero lo hacía con pesar. Temía que aquel olor se diluyese con el de la madrugada. Cuando quise darme cuenta había desarrollado una de esas manías que con el tiempo se adueñan de nosotros: la puerta de la habitación tenía que estar cerrada.

 

Ella no tenía ni idea de esta manía mía, y yo tampoco quería decírselo, me daba vergüenza, así que solía ir detrás de ella cerrando la puerta cada vez que salía de la habitación. Al principio no dijo nada, pero poco a poco ese gesto la fue enfureciendo. La lámpara parecía reírse de nuestros juegos, pero para mí era tan especial llegar a casa… caminar hacia la habitación y ver la puerta cerrada hacía que mi cabeza se anticipase: me imaginaba abriendo la puerta y respirando otra vez ese olor. Me sentía como Dorothy abriendo la puerta de su casa dentro del tornado que la llevaba al mundo de Hoz. Pero si ella había dejado la puerta abierta, porque así, decía, entraba el calor de la casa, entonces se colaban el resto de los olores: el de la verdura cocida, el del ajo quemado para los filetes, el de las anchoas fritas. A veces entraba el de las visitas, con matices de armario de otra casa, a tabaco aposentado, a ¿me cuidas a los niños? o a no me apetecía venir pero me interesaba. En mi habitación, todos ellos me molestaban.

 

A veces, por trabajo, ella tenía que ausentarse unos días. Entonces se llevaba una colonia barata, que aunque no olía mal, no podía compararse. Nunca se lo he dicho a nadie, pero esos días echaba una gotita de C H sobre la cama y cerraba la habitación. Sabía que cuando volviese a entrar mi fantasía seguiría allí.

 

Ella tenía otra manía. No podía salir de casa sin haber hecho antes la cama, era superior a sus fuerzas. Podíamos dejar cualquier cosa sin hacer, incluso podíamos llegar tarde, pero la cama tenía que quedarse hecha. En verano había veces en las que ella se iba de vacaciones con los niños y yo me quedaba en casa de Rodríguez. Entonces yo, para reivindicarme como macho alfa de mi casa de soltero, dejaba la cama sin hacer, tomaba una foto con el móvil y se la mandaba por wasap, “Buenos días, cariño, ya he salido de casa”. Al principio cogía el teléfono y me llamaba “¡Haz el favor de dejar la cama hecha!”. Yo me partía de risa, me encantaba hacerla rabiar pero no me daba cuenta de que algo se evaporaba. Con el tiempo dejó de contestar los wasaps.

 

Una cosa que la encantaba era hacer planes en la cama. Se recostaba con la espalda sobre la almohada doblada y con aquel camisón crema de tirantes que decía tan poco e insinuaba tanto.  Hablaba sin parar de las cosas que teníamos que hacer, de los sitios a los que teníamos que ir, de los amigos con los que había que quedar… a mí me costaba seguirla el ritmo, los ojos se me cerraban y cuando terminaba de hablar me daba cuenta de que no tenía ni idea de lo que habíamos dicho. Aquello la crispaba y el olor se evaporaba. Yo la decía que hablásemos antes de tumbarnos, que allí me entraba el sueño. Pero no lo entendía y eso nos hacía discutir.

 

Antes de que se fuese escondí aquel frasco. Es verdad que hace mucho que no discutimos, sí, pero mi habitación ya no huele a nada y mi casa está llena de olores como el del insomnio acre, el de  salchichas al microondas o el de mis feromonas jugando a las cartas . No me he atrevido a volver a abrir el frasco. Ni a dejar la cama sin hacer.

 

Si, también me gustaba cuando discutíamos.

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