Sergio Ribote

Galatea en la sala Pigmalión

Enfrente de la entrada de la sala Pigmalión había un edificio en ruinas. De sus muros grises sólo quedaba en pie la parte baja de el edificio en el que había una frase pintada con spray negro: “Dios da a cada hombre los problemas que puede superar”. Debajo, en rojo, y con una letra mucho más grafitera, otra pintada “Y si no puede que se joda”

 

Llovía. Como todo el último mes, llovía.

 

A cien metros vi llegar a Arturo. Llegaba con los hombros por las rodillas. En el “chino” oscuro cabían él, sus sueños y otros dos o tres. La chaqueta caqui había perdido la textura. Una gorra de pana negra y unos zapatos que podían haber dado la vuelta al mundo completaban el  modelo que arrastraba un carro de la compra verde pistacho.

Arturo, con la piel de la cara colgando del cuerpo tan sólo por el pelo, que ya empezaba a escasear, y los ojos negros intentando ver entre tanto pellejo, se quedó mirando la frase de la pared antes de entrar en el Pigmalión.

 

—¿Quién será el estúpido de la pintada negra? -Cuando se giró para entrar yo ya le había abierto la puerta.-

—Buenas tardes Art.

—Hola Carlos ¿Qué tal?

—Bien. Entra. Vienes empapado. Pasa al camerino, sólo falta media hora para el pase y mira como estás.

—¿Cómo van las entradas, está contento tu jefe?

—Todo va bien, no te líes. Vete y cambiate, anda.

—Hoy viene Enma a ver la actuación. Nunca me ha visto actuar. Estoy nervioso.

—Vamos, Art, seguro que lo haces genial. Date prisa.

No quise decirle nada. Desde de que su mujer se fue de casa Arturo no había vuelto a ser el mismo. Cuando comía parecía que era él el que era consumido y cuando bebía daba la impresión de que se secaba un poco más. Por las mañanas trabajaba como repartidor de pescado, era un sueldo modesto y siempre le había valido, pero ahora que tenía que pasar la pensión a su mujer y no le llegaba para terminar el mes. Ella se había quedado con la casa y la niña, Enma, la única que le hacía sonreír. La vida no se lo había puesto fácil. Cuando Enma nació dejó de fumar, pero a veces le veo encender un cigarrillo. Yo nunca le digo nada, sé que lo usa como disculpa cuando las lágrimas se hacen más fuertes que él. -Se me ha metido humo en los ojos- dicen en esos momentos. Cuando me enteré de que mi jefe quería hacer un espectáculo de mimo le convencí de que Arturo era la persona indicada. Este espectáculo le daría un poco de vidilla para los gastos del alquiler del apartamento al que había tenido que mudarse.

Me dirigí al camerino. Faltaban cinco minutos para que empezase el primer pase. El camerino es un cuartito vacío. Huele a cerrado, no tiene ventanas ni luz en el techo. En la pared de enfrente hay un tocador con un espejo ovalado y un marco de madera con dos focos oxidados que lo iluminan. Del carrito de la compra verde pistacho cuelgan una maya negra y una camiseta de rayas blancas y negras. El gorro de tela raída y la rosa que nace de él están sobre el tocador junto a las pinturas negra y blanca. Arturo sólo se ha pintado la cara de blanco. Sentado, en calzoncillos, me saludaron todos sus huesos antes de que se diese la vuelta para mirarme.

—Enma no vendrá. Ha llamado su madre. Tiene fiebre.

No supe que decir. Sus hombros tocaban ahora los tobillos. Me acerqué y entonces me dí cuenta de que todavía no había empezado a pintarse ni de blanco.

—Art, mírame. Te voy a traer un café con leche. Por favor, píntate. Enma podrá venir a verte siempre que quiera, no te preocupes. Ya sabes que la esperanza…

—Claro -sonrió cortándome- seguro que la próxima semana viene. Mi pobre. Seguro que está hecha un trapo. No me traigas nada que enseguida estoy.

A los ocho minutos Arturo estaba sobre el escenario. La sala fue quedándose en silencio y el sonido de un violín empezó a caer, como una sábana de humo, desde el techo. Las luces se apagaron y sólo quedó un foco iluminando al mimo. La soledad del violín  brillaba en sus ojos , y este la devolvía amplificada a los espectadores. Les llevó, con gestos tiernos y movimientos lentos, por un camino de sentimientos encontrados. Poco a poco la melodía fue animándose, al igual que el mimo. El clima de la sala subía y pronto empezaron a oírse las primeras risas. Una pareja de treintañeros se daban la mano por debajo de la mesa mientras asentían con la cabeza, una señora obesa de unos cincuenta apuraba una copa de Bailey`s y el niño que tenía al lado le picaban los ojos de no pestañear. Dejé de pensar en Arturo, sólo veía a un mimo disfrutando de su espectáculo. Cuando acabó la función, la sala entera aplaudía. Arturo sonrió mientras miraba al público,quieto, sin mover un sólo músculo. Sólo miraba. Llegó un momento en el que la gente empezó a dejar de aplaudir un poco confusa. Entonces Arturo saludó y desapareció por detrás del escenario.

Al cabo de un rato pude escaparme al camerino. Arturo estaba con la cabeza apoyada en una mano mientras en la otra miraba el móvil.

—Ha mandado un mensaje mi jefe. Mañana tengo reunión con él a las ocho. No sé que querrá decirme.

—Pues cualquier cosa, chico. Igual te va a subir el sueldo.

—Mmm, no creo, el mes pasado despidió a dos compañeros, ya sólo quedamos tres. Mucho me temo que serán malas noticias.

—¿No habías dicho que igual se hacía también con la distribución de Vitoria y La Rioja? A lo mejor es eso.

—Ojalá.

—Oye, el espectáculo ha estado genial, de verdad. La gente estaba encantada.

—Sí. Verles levantados aplaudiendo es una sensación que no puedo explicar, de alguna forma te hace sentirte muy bien.

—Bueno, descansa un rato que enseguida llega el segundo pase.

 

El segundo pase discurrió sin problemas y el resultado fue tan bueno como el primero. Arturo lo había clavado. Me dirigí hacia el camerino para felicitarle, pero al acercarme le oí gritando, discutía muy enfadado. Decidí darme la vuelta y esperar un rato.

Cuando los últimos clientes ya se habían marchado volví al camerino. Llamé a la puerta y entré sin saber muy bien lo que me iba a encontrar. Arturo estaba tirado sobre la silla, ésta, reclinada hacia atrás, apoyada en el suelo sobre las patas traseras con el respaldo contra la pared y los pies desnudos olvidados sobre el tocador. El disfraz de mimo estaba tirado en el suelo y el sombrero aplastado en una esquina. La cara de Arturo estaba a medio desmaquillar, con el rombo negro de debajo de los ojos corrido. Cerré la puerta y me acerqué. En el tocador había un cigarro encendido y el humo subía, jugando con el aire, hacia el mismo techo negro al que Arturo no dejaba de mirar.

—Ha llamado el casero. Le debo dos meses. O me pongo al día este mes o me echará de casa.

—Bueno, tranquilo… seguro que mañana tu jefe te da buenas noticias y el espectáculo está siendo un éxito. Todo mejorará. Tienes que tener esperanza.

—Carlos… ¿Por qué crees que el espectáculo se llama Galatea?

—No lo sé. Nunca me lo había preguntado.

Arturo se levantó y empezó a vestirse. No abrió la boca. Sin desmaquillarse guardó el traje de mimo en el carro verde pistacho. Me miró y con una sonrisa triste me dio una palmada en el hombro. Caminando despacio se giró y salió del camerino.

—Hasta mañana Art.

En aquel cuartucho en penumbras sólo quedamos el humo y yo. Sabía que algo se me había escapado. Alargué la mano para apagar el cigarro y el humo se escapó entre mis dedos. Apagué la luz y cerré la puerta. No sé cómo aguanta -pensé-. Mañana, antes del espectáculo le preguntaré lo que quería decir.

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