Sergio Ribote

La Casona de Villodrigo

Íbamos a pasar el fin de semana en una casa rural y alquilamos la Casona de Villodrigo. Celebrábamos el cuarenta cumpleaños de Silvia y mío. Íbamos dieciséis adultos y nueve niños. La cuadrilla casi al completo. Yo no iba nada convencido.

 

—Silvia, estas historias me quitan años de vida. Los niños te vuelven loco, se pasan el día peleándose y tú encabronándote porque nadie les riñe.

—No seas pesado, lo pasaremos bien.

—¿Bien? Allí nadie duerme, las camas chirrían, los suelos retumban, la casa, por muy grande que sea, siempre se queda pequeña, no tenemos espacio de pareja y ni que decir tiene espacio propio…

—¿Quieres relajarte? Sólo es un fin de semana. La casa tiene piscina climatizada, un jardín interior, futbolín, billar y un montón de sitio. Los niños no darán guerra. Estaremos bien. Confía en mí.

 

Tarde, pero salimos. Las curvas venían y pasaban. ¿Se me han olvidado los inhaladores de Adrián? No, están en su neceser. ¿Será poca carne? Como la careta esté mala vamos a quedarnos un poco justos.  La carretera era buena y en poco más de media hora llegamos a Villodrigo. Eran casi a las nueve cuando aparcamos.

 

La fachada de la casa era correcta. Piedra y madera, y cristal y tejas rojas. Del pueblo he dicho más de lo que era necesario. Al entrar olía a limpio o tal vez era el orden y la limpieza los que te hacían creer que olía así. Todo estaba restaurado. Unas manos hábiles y un corazón enorme habían cogido esos muebles viejos y los habían devuelto a la vida. Cuartillos desvencijados que enmarcaban el espejo del baño, el pozo original de la casa con una cubierta de cristal para hacer la mesa de la cocina, vigas y más vigas de madera vestidas con sus mejores ceras. Marrones, ocres y tostados en suelos, paredes y techos. Cremas y blancos en las colchas, en las alfombras. Parecía como si todo aquello hubiese sido fabricado para esta segunda vida y no para la primera. En el patio interior sólo hierba verde y un merendero que parecía una habitación más. En la habitación de al lado, la piscina. Cálida. Seguro que Ana, la dueña de la casa, era la culpable de aquel resultado. Nos entregó las llaves y nos enseñó la casa. Cuando se fue nos quedó la impresión de que teníamos que cuidar de aquel cachito de su vida. Estropearlo la haría daño. En la madera de las vigas ahora veíamos sus huellas y en el olor de la cera que las cubría reconocíamos su propio olor. Estoy seguro que si la hubiésemos pedido que nos arropase al acostarnos habría venido encantada.

 

Cuando se fue, abrimos unas cervezas y empezamos el fin de semana. Habíamos hecho nuestra propia cerveza. Era de cebada, bastante lupulizada, como se llevan ahora, pero muy suave y aromas frescos. Perfecta para lo que íbamos a hacer.

Silvia tenía razón. Siempre la tenía. Los niños jugaron en el patio y se bañaron en la piscina como si no estuviesen. No rompieron nada de la casa. No tuvimos que reñirles. Mi agobio fue pasando, igual que el fin de semana.

 

La tarde del sábado prendimos fuego para asar en la parrilla. Los chicos buscamos allí nuestro refugio, el momento de los hombres. Limpiamos las parrillas, bebimos cerveza, mucha cerveza. Miramos el fuego, y lo compartimos en silencio. Un silencio breve. Cómodo. Con cerveza. Raúl nos contó la mala situación laboral por la que está pasando, Quique nos dio la charla política. Todos la esperábamos, y un costillar tras otro nos pusimos al día.

Después de la cena nos habían preparado, en el jardín de la casa un cine con un proyector en el que pusieron un vídeo sobre nuestros cuarenta años. A nosotros nos gustó mucho. Yo incluso solté un par de lagrimillas, pero mis hijos flipaban. Después de la tarta habíamos preparado un juego de una cata a ciegas de dos vinos. No acertamos ni la cuarta parte, pero nos divertimos. En la mesa del salón cabíamos de sobra y los niños se subieron al ático a jugar con sus juegos de mesa.

 

En la casa ofrecían paseos en piragua por el Arlanzón. Lo reservamos para el domingo. El descenso duró hora y media. El agua esta fría. Yo esperaba que cubriese menos, pero el río llevaba mucho caudal. Mi hijo iba en la parte de delante. Quería remar y que fuésemos los primeros, meterse en los rápidos, pasar por debajo de todas las ramas que rozaban el agua y cruzar por entre los juncos. Al pasar junto a los demás les mojábamos con los remos, nos agarrábamos las piraguas e intentábamos que se enganchasen en la orilla mientras recibíamos las mismas bromas. En una ocasión mi hijo se cayó al agua. Pude cogerle del chaleco y volver a subirle a la piragua de un tirón. El susto le duró lo que tardó en volver a estar sentado con el remo en las manos ¿Y ahora a por quién vamos papá? A por todos.

Al final del trayecto estaban esperándonos Ana y sus hijas con refrescos y cervezas frías. Y con bolsas de patatas fritas y frutos secos. Se metió en el agua para ayudarnos a bajar y sacar las piraguas. No te preocupes, le dije, no te metas que está helada. ¿Helada? Me preguntó. Me miró como si no me entendiese. El agua le cubría por la cintura. Cuando llegó a mi piragua me dio la mano para ayudarme a bajar. Resbalé y caí al agua. Me agarré a ella para salir, o a lo que creí que era ella. Tenía el tacto del agua y su misma temperatura. Salí asustado, mirándola, pero sólo recibí una sonrisa. Nos cambiamos mientras nos tomábamos las cervezas y ellas recogían las piraguas.

 

De camino a la casa no abrí la boca. Ana nos contaba historias de su infancia en el pueblo: cómo guardaban la leña en la leñera que hoy es la piscina, cómo hicieron los adobes para el ático después de quemarse entero al empezar la reforma de la casa o cómo se metía en el río en pleno invierno, siendo niña, para lavar las sábanas.

 

Volvimos a comer. Esta vez ensalada de aguacate con huevo y carne guisada. Con bien de cerveza, claro. La comida se nos salía por las orejas, pero la conversación y el buen ambiente nos pedía seguir sentados. Y comer. Y beber cerveza. Y hacer planes para celebrar los cincuenta.

 

La tarde del domingo nos pilló recogiendo las cosas para volver a casa. Ana vino a despedirse de nosotros. Todos estábamos encantados con la casa. El menaje más que completo, las camas comodísimas… todo perfecto, le dijimos. Cuando nos despedimos estreché la mano de Ana, suave y firme. Seguro que volveremos. Ya en el coche, al ponerme las gafas de sol, otra vez ese olor a cera y madera. Sonreí. Sabía de donde venía.

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