Sergio Ribote

La mancha azul

Desde mi ventana veía aviones de papel blanco desechos en el suelo; mojados, pisados, aplastados por los coches… y niños jugando en el parque.

Los miraba con envidia desde mi habitación de muebles blancos, haciendo aviones que acababan en una papelera blanca escondida tras unas cortinas del mismo color.

 

Un día, volviendo del colegio, al pasar frente a la librería, se escapó volando un folio de color azul oscuro. Corrí detrás de él. Lo escondí en mi mochila y en mi habitación, con la puerta cerrada, saqué el folio. Destacaba entre el blanco, su color me parecía maravilloso. Lo puse encima de la cama, entre los peluches blancos y me imaginé lo divertido que sería tener un peluche azul.

Voy a hacer con él el mejor avión, me dije. Cuando lo terminé lo lancé. Voló despacio y se posó suavemente sobre el escritorio. Volví a lanzarlo una y otra vez. Hacía piruetas, subía, bajaba y volvía a subir.

Cuando el sol empezaba a ocultarse abrí la ventana. No quería tirarlo, pero si mi madre o mis hermanos lo veían me reñirían. Suspiré y lo lancé. Salió despedido hacia arriba, recto, sin titubear, como si supiese que las cincuenta veces que lo había tirado en casa hubiesen sido sólo un entrenamiento. Ahora empezaba su viaje de verdad. Voló lejos. El viento lo empujó hacia el oeste y lo vi perderse entre los árboles.

Al día siguiente, al volver a casa, entré a la librería y compré un folio del mismo color. Cuando llegaba a casa vi a un niño jugando. ¡Estaba lanzando mi avión! Por la tarde volví a hacer otro avión y volví a lanzarlo por la ventana. Una niña lo cogió, miró hacia mi ventana y se puso a jugar con él.

Me escondí detrás de las cortinas.

Entonces compré un paquete de folios azules y me pasé la tarde haciendo aviones y lanzándolos por la ventana. Los niños cogían mis aviones y jugaban con ellos. A alguno de ellos los conocía del colegio.

 

Esa noche, entre las sábanas blancas de mi habitación soñé con una mancha azul, no sabía bien lo que era, parecía mi avión, pero sabía que era mucho más.

Al salir del colegio vi un grupo de niños y niñas en la puerta. Hablaban entre ellos. Cuando me acerqué se volvieron todos a mirarme. En sus manos tenían mis aviones azules. Se acercaron a mí y sonriendo me dieron uno.

Hoy sigo siendo aquella mancha azul que a veces se esconde tras las cortinas blancas. Aquellos niños y niñas que esperaron a la puerta del colegio siguen a mi lado… jugando juntos, volando conmigo.

 

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