Sergio Ribote

Reteles oxidados

La noche no había terminado aun, ni parecía que fuese a hacerlo nunca. Paula siempre esperaba la salida del sol con un café en la mano, en bata y asomada a la ventana. Pero hoy era diferente. Hoy tomaba tila y estaba vestida, preparada para salir a la calle a pesar de la tormenta.

Esta noche el viento entraba retorcido por las rendijas de las ventanas. Esta noche traía el grito de los marineros que se ahogaron en el mar y el silencio de las esposas que los esperaron. Esta noche, el mar quería estar sólo.

Paula confiaba en su marido, en su prudencia, su responsabilidad… era un buen Capitán. Pero hoy estrenaba aparejos: redes nuevas, cebos y jaulas sin oxidar. Carlos estaba ilusionado, esperaba que ésta fuese una noche de mucha pesca ¿Y si el querer conseguirlo le hacía asumir , riesgos innecesarios? Paula se mordía las uñas entre trago y trago de infusión.

En el horizonte una luz turbia empezó a clarear el día. Al verla, Paula lloró. Apresuradamente cogió el chubasquero, el paraguas y salió corriendo de casa. Llamó al ascensor. Estaba ocupado. Sin darse cuenta la puerta se abrió y allí estaba Carlos. Quietos como estatuas se miraron. Los dos sabían lo que había estado apunto de pasar. Allí no se oían el viento ni las olas. Llorando la una y a punto el otro se abrazaron.

Después de secarse Carlos y de tomar un café caliente se sentaron en el sofá frente a la ventana del salón. Los cristales de la ventana no callaban. Se acurrucaron bajo la manta. Paula miraba las cortinas desgastadas que no dejaban de moverse. No habían pasado una buena época, habían tenido que pedir un préstamo para que Carlos pudiese conservar su barco.

— Tranquila cariño, pescaré hoy y pescaré todos los días mientras estés a mi lado.

—¿Y si te pido que no vuelvas a pescar y te quedes a mi lado?

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