Sergio Ribote

Soñando con playmobil

En lo alto de un edificio había una habitación pintada de añil. Una cenefa blanca y unos amplios ventanales la hacían luminosa. Una niña de diez años jugaba con sus juguetes. Le gustaban los muñecos y en especial unos playmobil viejos con los que jugaba a papas y mamas. El que hacía de papá tenía el zapato derecho quemado, la espalda del hijo estaba rayada, las piernas de la hija pintadas de rotulador y el vestido de la mamá estropeado. Sin embargo, la niña los cuidaba y los limpiaba. A cambio ellos llenaban sus horas de sonrisas.

De lunes a viernes, puntual, a las seis de la tarde, pasaba su vecino a jugar con ella. Primero merendaban, y mientras se acercaban las siete, elegían los juegos: canicas, cartas, muñecas… Cogían una vieja sábana blanca y con la ayuda de los tomos de una enciclopedia la sujetaban por las esquinas: una de lo alto del radiador, otra sobre la mesa, otra en la cama y la última caía hasta el suelo haciendo de puerta. En aquel cubo de algodón blanco las horas no existían. Las normas las ponían ellos y los sueños nacían, a cientos, cada día.

Un día Zar, el perro del vecino de abajo, se coló corriendo en su casa mientras jugaban y saltó encima de la sábana. Las enciclopedias cayeron y la casita se vino abajo. Los bloques de madera de colores que hacían de colegio se derrumbaron tirando las cazuelitas con el agua de la cena, las muñecas se enredaron con la cuerda de un yo-yó, los playmobil acabaron en el bote de Nocilla de la merienda y el hospital de las barriguitas desmontado. Zar huyó por el pasillo con un bebé playmobil del que nunca más se supo. Cuando pasó el susto la niña sacó la cabeza de entre la sábana y ayudó a salir a su vecino, al que le había caído un libro en la cabeza y se rascaba con el ceño fruncido. Se miraron y empezaron a reír. Él volvió a sujetar la sábana y a montar el hospital y el colegio. Ella trajo un trapo de la cocina y limpió los playmobil. Mientras lo hacía no dejó de sonreír, “no pasa nada, les decía, el perro ya no está y no volverá”. Esa noche los metió en la cama con ella.

El curso escolar acabó y llegaron las vacaciones. Los juegos se suspendieron, cada uno se fue con su familia. Cuando llegó septiembre, el miércoles día 12, puntual, a las seis de la tarde, después de haber pasado el primer día de colegio, él volvió a llamar a su casa. Ella le abrió con una sonrisa.

– Ya sé a lo que vamos a jugar hoy, le dijo, he estado en Granada y se me ha ocurrido una cosa.

Corrieron a la habitación en la que la casita ya estaba hecha. Ella levantó el pico de la sábana que estaba en el suelo, él entró y allí estaban los playmobil, tan estropeados como siempre, sobre la tapa de una caja blanca de zapatos rodeados de flores, con las manos juntas y una gran tarta a su lado. Las Barriguitas y las Nancy estaban sentadas enfrente.

– Yo te he traído algo” dijo él.

Salió de la casita y de una bolsita de papel sacó una bola blanca de cristal del tamaño de su mano, la enchufó y bajó la persiana de la habitación. Volvió a entrar.

– ¿Qué es?, le preguntó al ver la luz tenue de la habitación.

– Es una lámpara de noche, así no volverás a tener miedo. También me he aprendido una canción ¿Te la canto?

– Claro.

El cantó despacio, concentrado. Quería hacerlo bien, quería que le gustase tanto como a él.

– Es muy bonita. Dijo ella cuando acabó. Tendremos que aprender a bailarla.

– ¿Para qué?

– Vamos a jugar. Dijo ella riendo.

Él cogió los playmobil en la mano, ella miraba alrededor. A la luz de la lamparita se veían sus sombras superpuestas, las manchas de la sábana y los rayones en los playmobil.

Se miraron, sonrieron y siguieron jugando.

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