Sergio Ribote

El talismán de hilo de coco

   Despertarte escuchando las olas del mar tiene un punto de irrealidad reconfortante, como si el amanecer no terminase del todo con el sueño. Sobre las nueve de la mañana cojo la sombrilla y la hamaca y la toalla y me bajo a la playa. Ayer, por el camino, pensaba que ya tenía que cambiar la sombrilla, empieza  a estar descolorida, comida por el sol y el reposabrazos de la hamaca falla a veces. Es casi nueva, pero fue una mala compra. La toalla sin embargo es nueva. No me gusta mucho, fue más capricho de mi mujer, tal vez el año que viene coja otra.

   En la playa la arena todavía no ha cogido calor. Me gusta andar descalzo. Me acerco a unos metros del agua y como conquistador de un nuevo día planto mi campamento mañanero.

Al sentarme en la silla el sol se eleva lo suficiente para dejarme mirar el mar cara a cara. A esas horas unos tonos aceitosos cubren la superficie, como si el Prestige de la crema solar se hubiese hundido esa noche. Los colores acompañan a la mañana: amarillo, azul claro, algún verde… se mezclan con la espuma y juegan con las últimas estrellas de la noche, con las más golfas, las que todavía no se han querido acostar y brillan solo en ese caminito que va directo de tus ojos al sol incitándote, juguetonas, a bañarte con ellas.

Nunca he sabido decir que no a una cita tan sensual y tan sincera. El agua fresca me envuelve y las estrellas danzan a mi alrededor. Entonces me tumbo sobre el mar, boca abajo, con los brazos y las piernas extendidos y abro los ojos. El mundo se reduce a un suave murmullo y a unas líneas claras amarillas que se mueven sobre las pequeñas dunas del fondo en un escenario turquesa. Mientras se agota el oxígeno de mis pulmones todo va encajando; el suelo se vuelve suelo, mi cabeza y mi cuello aflojan los músculos para dejar salir la tensión, mientras que un par de peces se dan cuenta de que una sombra está fuera de lugar.

Ya de pie, mientras cojo aire, me doy cuenta de que el niño que hace un mes trabajaba en la oficina es ahora un hombre. Apenas quedan ya estrellas en el agua. Tal vez mis cenizas cuando se bañen en esta agua se conviertan en una de esas estrellas. Nunca dejamos de soñar. Aquel niño quería ser alguien importante y ahora, ya adulto, jugueteo con la idea de ser una estrella… sabiendo que lo que queda de los rescoldos.

Sentado en la hamaca me acuerdo de los peces molestos con mi sombra, la intrusa, la que rompe su hábitat idílico. El resto de personas que pasean por la playa proyectan sombras al pasear delante de mí. Unas son estrechas, otras anchas, otras largas.. y una de ellas se para delante de mí.

La sombra empieza en unos pies descalzos con talones agrietados. Una piel tan negra como su sombra cubre el empeine y de ahí para arriba unos pantalones caquis con una camisa beige, ambos finos y arrugados, esconden un cuerpo delgado que remata una cabeza pequeña. Sobre ella una especie de gorro con forma de paraguas de colores verde, rojo y amarillo le hace visible a la legua. Aquel reclamo publicitario sin eslogan llama la atención sobre una persona que ha perdido su orgullo ante el chantaje de la necesidad.

De su mano cuelga un ocumen forrado con una tela negra en el que un montón de abalorios esperan ser comprados. De un alfiler se columpia un collar con una patera a medio hinchar en la que hay un hombre parecido a él. Todos los pasajeros de la patera brillan con la piel blanquecina por los restos de salitre y los labios agrietados. En medio de la barca una mujer está dando a luz un esqueleto que llora sin emitir sonido mientras que al lado de ella un hombre vomita todo lo que la disentería le arranca sobre el suelo de plástico.

Al lado del collar hay unos pendientes con forma de diamante de los que continuamente caen gotas de sangre. En la esquina superior derecha tiene su producto estrella, unas pulseras de piel con marcas de latigazos. Debajo cuelgan unos cinturones de tierra agrietada que aunque les mojes se secan al momento. Anillos de lágrimas de niño, gomas de pelo de polvo de Coltán, una flauta hecha con casquillos de balas furtivas… También tiene bolsos tejidos con ramas de árboles sin frutos, bolsas de frío hechas de miedo, gorras de vallas de metal y una cajita de música que al abrirla desprende calor, como si fuese una estufa, ya que donde debía estar el espejo se ve un fondo azul en el que las ondas de calor difuminan el fondo y donde esperas ver una bailarina aparece una mujer cargada con un niño en la espalda y otro apoyado en su pierna mientras ella golpea unas raíces en un cuenco de madera.

Recordé a otro inmigrante, este con un gran tupé rubio y la cara sonrojada ¿Qué le diferenciaba de este que tenía la cara amoratada y los tres ojos enrojecidos?

–¿Qué es eso?  Pregunté señalando un aro que parecía vibrar y cambiar de color.

— Es una aro para el tobillo. Contestó con medias palabras.

–¿Y de qué está hecho? Le pregunté interesado.

— De rabia.

Un colgante me llamó la atención. Parecía de plata.  Eran hilos muy finos y entrelazándose representaban la imagen de una pareja con tres hijos. Bailaban alrededor de un fuego. Todos sonreían y parecían divertirse.

— Me gusta ese colgante. ¿Cuánto pides?

— Ese cuesta 20 euros.

— ¿Por qué es tan caro?

–Está hecho de sueños

–No vale lo que pides. Te doy 8 euros.

–No, no puedo. 15.

Eché mano a la cartera. El amuleto era realmente bonito. Cuando saqué el dinero vi que no tenía suficiente. No había cogido apenas dinero. Una moneda de dos euros y algo de calderilla. Cogí la moneda y se la di.

— Toma, le dije, no he traído dinero. Quédatelo.

— Muchas gracias. Contestó.

Entonces cogió un colgante que había pasado totalmente desapercibido y me lo dio. Era un hilo de coco con un diminuto saquito.

— ¿Qué es? Le pregunté.

–Un talismán.

— ¿Y de qué está hecho?

— De esperanza. Úsalo con cuidado.

Lo cogí dubitativo, pero al ver que él llevaba puesto uno igual yo también me lo puse.

Cuando se alejó ya no quedaban estrellas en el mar, el sol se estaba ocultando y el mar se vestía ahora con tonos anaranjados, rojos y violetas.

Comprobé que mi bañador estuviese seco y me levanté, recogí la sombrilla verde claro y la hamaca a juego con la sombrilla. La toalla también estaba seca, me la eché sobre los hombros y su tacto suave me reconfortó.

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